Miraba a través del cristal empañado su silueta a la vez que la dibujaba en el vaho con la estúpida esperanza de que ese dibujo permaneciese siempre ahí señal de que él, un día, había estado aquí. Pero al vez que se alejaba y su silueta empequeñecía, las gotas de agua resbalaban por el cristal borrando aquel dibujo. Entonces el cristal reventó en mil pedazos, lo cristales caían al suelo a la misma velocidad que su silueta se difuminaba en el horizonte.
Grité, supliqué, lloré.
De nada sirvió, la distancia consiguió acallar mis gritos, mis súplicas y mi llanto sin posibilidad alguna de que se girase hacia mí una vez más.
Resignado y hundido me limité a recoger uno a uno los pedazos de cristal sintiendo como cada borde afilado hería mi piel, pero solo aquel dolor ahora era capaz de recordarme que un día los dos compartimos ese cristal como escenario del cielo nocturno.
Y las cicatrices son el recuerdo más certero que me queda de su existencia.
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