Salí de allí todo lo rápido que pude. Corría precipitadamente calle abajo, con los ojos encharcados, el corazón como una locomotora sin frenos y a punto de descarriar, sus ojos clavados en mi y sus palabras retumbando en mi cabeza.
Perdí la noción del tiempo y el sentido de la orientación, corría sin saber a donde, cada vez con menos fuerzas, con el único fin de conseguir escapar de el y sus palabras. Pero por mucho que corriese, o muy lejos que llegase, me daba la sensación de seguía allí, entre aquellas cuatro paredes, frente a el, viendo como desgarraba cada parte de mi.
De repente pare en seco, mire alrededor con nerviosismo buscando algo de orientación.
Entonces cerré los ojos, intente calmarme y abrí los ojos de nuevo.
Pensé fríamente en todas las posibilidades y escogí la mas fácil y probablemente la mas egoísta.
Di un puñetazo al cristas de uno de los coches que había aparcado, cogí un trozo, cerré los ojos con fuerza, recordé los suyos por última vez y dije adiós para siempre.
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